Pequeña cartonera
Casi pasa desapercibida. El color de su ropa y de su piel no es muy diferente de la montaña de cartones y basura que la rodean. La delata un detalle, algo fuera de contexto: sus manos están aferradas a un destartalado cochecito de juguete de colores pasteles que desentonan con el marrón del resto del contenido del carro.
Ella tiene unos cinco años. El pelo, castaño y lleno de mugre, le llega a la cintura. Está de espaldas. Sus pequeñas manos no sueltan el idealizado juguete. La escena ocurre en una arbolada calle de Villa Crespo. Pasan los autos a toda velocidad, la gente grita, suenan bocinas, un grupo de estudiantes conversa sentado en la esquina. Y ella está ahí, como una fotografía, como una postal de las calles porteñas, inmovilizada, la mirada clavada en el cochecito, adentro de un carro gigante cargado de basura.
Add comment Diciembre 22, 2009
Viejas aventuras
***A continuación, un fragmento de un trabajo que hice. Todo lo narrado es real. Qué linda época de aventuras. Si quieren leer más, me avisan, hay muuucho sobre esto.***
Da vueltas a mi alrededor como gato enjaulado. Sólo que es más que un gato. Sanzón no me aparta los ojos verdes, vidriosos; me salta encima en cualquier momento. No hay hacia donde correr.
Se interpone Gabriel, el domador. Que ni lo intente, me dice; si me muevo, se asusta. ¡¡¿El se asusta?!!! Más alla de las rejas, un grupo de niños aplaude y se ríe (¡¿de qué?!).
-Dale de comer -sugiere Gabriel. Acerco mi mano temblorosa hacia las fauces enormes, abiertas. Sanzón parece burlarse, los ojos fijos.
-A ver nena, mirá la camarita -me grita, desde afuera, el fotógrafo.
Pero no me atrevo a dar la espalda a Sanzón. Gabriel dice que no hace nada, que es como un gatito. Claro: él trabaja en el circo desde hace más de 30 años; para él, Sanzón es apenas el más fuerte de los nueve que rugen en sus jaulas y lo quiere “como un hijo”.
Yo conocía otros gatitos. Sanzón no se les parece en nada.
S.A
Add comment Noviembre 26, 2009
De madrugada
4 Am. Duerme todo alrdedor. A veces nos mentimos un poco. Mentiras blancas de madrugada. Quizás más que a la soledad, tememos el concepto que se tiene de ella. Todo está quieto. Sólo se oye el viento, remolinos en el pulmón del edificio. En pocas horas, el sol, y todo de vuelta. Pero por ahora, apenas murmullos de invisibles habitantes nocturnos. Buenos Aires, si pudiera odiarte…
2 comments Noviembre 18, 2009
Movimiento imperceptible
Me pregunté muchas veces para qué escribo, de hecho esa pregunta motivó el inicio de este blog. Encontré, revolviendo entre mis cuadernos viejos allá en Córdoba, mi agenda de los 15 años. Noté, con mucha sorpresa, que gran parte de la lista de cosas que quería lograr, no sólo las logré, sino que en algunos casos fui todavía más allá.
Es raro, uno vive con la idea de que no va a ningún lado, de que no se mueve. Y sin embargo, el desplazamiento es constante. Para eso escribo. Para tener una constancia de que efectivamente me muevo. A veces con desvíos, pero no existe el camino perfecto. Hoy cumplo 27 años, moviendome impercetiblemente hacia quién sabe dónde. Después de todo ¿no es más divertido y sorprendente si no sabemos cómo termina la película?
2 comments Noviembre 12, 2009
La espera
Tres veces abrió su celular. Tres, en menos de cinco minutos. Nada. Ni mensajes, ni llamadas perdidas. Se muerde el labio, mira por la ventana del Café: otro día frío en las calles porteñas, a pesar de que ya es primavera.
Cuando se dispone a mirar su celular por cuarta vez, interrumpe el mozo. Café negro, sin azúcar, y unas tostadas. Tras el primer sorbo, el teléfono empieza a vibrar. Casi se tira la taza de café encima.
Durante unos interminables segundos, abre con desesperación el aparato y busca en el sistema.. una llamada? No, un mensaje de texto.Todo a su alrededor se detiene, a excepción de sus piernas que, debajo de la mesa, no paran de temblar. Le brillan los ojos.
Esboza media sonrisa, que dura apenas unos segundos, el tiempo que tarda en leer el mensaje. Era la persona que esperaba, pero no el mensaje que quería. Ni se molesta en terminar el café. Ni prueba las tostadas. Deja el cambio en la mesa y sale a la calle, muy lenta y casi dolorosamente.
La puerta del Café de la Esquina parece un túnel del tiempo: salió de ahí como si hubiera envejecido 20 años en 10 minutos.
3 comments Octubre 14, 2009
Desde el mar
Son las 6 de la mañana y camino sola las calles de una ciudad tan familiar y a la vez tan olvidada. Me oriento casi por instinto. Es ese olor, ese gusto a sal en la boca. Imposible seguir al sol. amanece, pero con un cielo negro, cargado de lluvia de verano. Solo sé que voy hacia el mar porque se me acelera el pulso a medida que me acerco. Ese tan ansiado mar que por primera vez visito sola. Recuerdo, en otros viajes en grupo, escaparme temprano por las mañanas a caminar por la arena. Era casi un secreto. Mío y del mar. Siempre regresaba y todos seguían durmiendo, así q nadie se enteraba
Vengo de una ciudad mediterránea, tan lejos de la espuma y la sal. ¿Qué tiene el mar que atrae así, que hipnotiza? Secretos, algo de mística y una sensación inexplicable -o no- de libertad. Apenas unas pocas personas caminan por las calles. Son los últimos borrachos. Jóvenes vestidos de noche que irrumpen en el silencio con sus alaridos. Me desconcentran y, por momentos, me pierdo: ya no escucho el mar. Pero la escena es divertida: me veo a mí, tiempo atrás, vestida también de noche y siendo descubierta por el sol. Las caras que, noche adentro, parecían tan lindas, tan excitantes, se tornan reales. Mujeres con maquillaje corrido y ojeras profundas, besan, junto al mar -casi como un cliché-a desprolijos muchachos de la noche.
Pero de lejos, ese beso – que seguramente tiene gusto a alcohol y tabaco- parece tan apasionado, como una escena de una novela de Jane Austen.
Se despierta, de a poco, Mar del Plata. Van desapareciendo los últimos caminantes nocturnos. Huele a verano, a vacaciones. Es tan contagioso.
Mi abuelo, mis amigas, mi infancia. Todo eso viene envuelto en el aire salado. Toda esa nostalgia que inspiran las playas que, sin gente aún, parecen soñadas. En una hora el gentío romperá el hechizo. Prefiero huir antes.
…..
La Fonte D’oro, se llama el bar. Desde las paredes vidriadas q están junto a mi mesa (la única mesa ocupada a esta hora) puedo ver el mar. Con suerte, quizá no llueva y pueda pisar la arena, sentir mis pies rasposos, tocar la espuma.
Casi no me importa, o por momentos me olvido, de que me duele todo el cuerpo, de que apenas dormité un par de horas en una butaca incómoda. No debería importarme.
….
A medida que avanza la mañana, se va perdiendo el ensueño del amanecer, y vuelvo a ser una hormiga más, entre tantas. Paso desapercibida entre la gente, a tal punto de que mi ausencia, no modificaría absolutamente nada. Creo que cuando uno entiende esto -todos se lo plantean en algún momento de la vida- comprenden también que es por eso que nuestra vida tiene que tener sentido para nosotros mismos, para cada uno. Porque somos los únicos que vamos a echarnos de menos cuando no estemos más. Porque el mundo gira indiferente al hormiguero humano que lo transita. Porque una hormiga menos no pone en riesgo la existencia de la raza.
2 comments Junio 29, 2009
El loco de los zapatos
Sentado en la vereda del frente, el loco de los zapatos.. Ese lunático que pasa veranos e inviernos en la misma esquina, juntando basura, y que hace poco empezó a lucir unos zapatos de gamuza. Parecen nuevos, quizá fue la caridad de algún transeúnte. Para el loco son un romance, los mira con amor, los mima, los cuida. Su aspecto es el de alguien que acaba de salir de entre los escombros, luego del sismo más grande la historia: la piel ennegrecida por el smog y la tierra, la ropa toda raída, los ojos rojos, la barba crecida y despareja, y el pelo como melena de león. Huele a mugre, huele a olvido, huele a marginal. Pero sus zapatos…
Add comment Junio 21, 2009
Domingos en la ciudad
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La llegada del frío cambia el paisaje, afuera y adentro. La escarcha que se junta en la ventana por la noche, engaña al amanecer con aliento a montaña, a nieve, a campo. Afuera, Buenos Aires comienza lentamente a moverse. Un viejo prende un cigarrillo y cruza la calle por el medio, sin mirar a ningún lado.
Los domingos el tiempo parece detenido. La angustia matutina recuerda que estamos vivos, que la semana empieza otra vez y somos los mismos, que no hemos hecho mucho para cambiar tanta nada, tanto vacío. Y es esa angustia y a la vez esas ganas lo que hace que los domingos sean tristes. Sobre todo los de invierno, los de bajo cero, los de escarcha.
En el bar de la otra cuadra están ellas: la pareja dispareja. Madre e hija forman el cuadro perfecto para cualquier pintor que busque contrastes. La madre, dark: los ojos pintados de negro, las uñas y los labios también, las medias de red, ropa sobre ropa, toda oscura. Su piel blanca y limpia, resalta unos ojos tristísimos, que dan ganas de llorar. La hija es el perfecto opuesto, es la segunda oportunidad: vestido y camisa rosa y llena de flores, llena de vida. Rubia, el pelo suelto y los ojos brillantes. Almuerzan en el bar del viejo y después, a la plaza a vender bufandas, la madre, a jugar en el tobogán con los niños turistas, la nena.
Eso es la pintura de la ciudad dominguera. La que sólo se detiene al final de la semana, la que mañana será un infierno de hormigas y bocinas. Siempre indiferente. La que no notó mi ausencia ni se alegró de mi regreso, pero que en cierta forma volvió a acogerme. Otra vez me ensamblo al gran bloque de concreto, a la masa de tantos que son tan poco, ´que están rodeados pero están tan solos.
Palermo llora un canto triste por las tardes, casi inaudible, pero está ahí. Es una mezcla de viento y tristezas ajenas. El loco, la dark, la mujer de la florería, la vieja que entra en la iglesia, todos son yo, yo soy en todos.
Callecitas de adoquines emanan el poco calor que pudieron atrapar del sol que se asomó, tímido, durante el mediodía. Es de noche en Palermo, y mañana al trabajo, mañana al colegio, mañana a la misma nada que todos creemos que es la vida, porque cuesta tanto vivirla de verdad. Se enfría la vereda, enmudece el pasillo del piso 3, que, silencioso, resguarda la entrada a nuestros hogares. El paisaje es otro también acá adentro. La guitarra también enmudece, sin notas, sin música para expresar. Parece triste, todo triste, pero hay algo hermoso en la tristeza, que es la intensidad. Lo poco alegre no se compara con la belleza de ese nudo que grita vida. Triste pero feliz, paradojas de la persona que se esconde en el tercero, pero vive ahí afuera, es parte de todos, todos son parte. De un ladrillo más de esta gran masa de concreto y vidas que es Buenos Aires, ahora cubierta de escarcha.
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Esto es algo que escribí el año pasado. Dentro de poco los posts van a ir acompañados con fotos y videos. Gracias a todos por las recomendaciones.
Add comment Junio 15, 2009
Rincón
No tienen más de 10 años. A la distancia, parecían una sola persona. Abrazados, pegoteados. No parecía importarles el sopor de esa tarde de domingo. No muy lejos, la gente tomaba sol, sin notar la presencia de estas dos personitas, que jugaban a las escondidas. Se escondían del mundo, de la ciudad, del chico que paseaba a su perro a unos pocos centímetros de distancia.
Ella, apenas 1,50 m de altura, se estiraba, en puntas de pie, para alcanzar con sus brazos el cuello de su compañero. A él, unos 20 cm más alto, parecía divertirle ese esfuerzo: no atinaba a agacharse. Todo esto, en un reducido espacio, detrás de un árbol, en Plaza Mitre. Difícil imaginar los motivos de tanto sigilo.
No hablaban, casi. Se reían mucho. Sobre todo ella. Esa sonrisa seductora, que parecía atrapar al otro, que lo obligaba a darle un beso tras otro. Ese rincón se llenó del silencio tentador de esta pequeña pareja. Abrazados, pegoteados, con sus piernas y brazos entrecruzados. No importaba el calor, nadie los miraba, ¿cómo podrían? Estaban en su escondite. En ese rincón, entre la piedra y el árbol, solos.
1 comment Junio 9, 2009
Segundo intento
CRÓNICAS PORTEÑAS II
La estación de Retiro, sucia, vieja, triste: Terminal. Nunca vacía. Por esa frontera, pasan las caras de alegría, cansancio, nostalgia.
En un rincón, veo a Susana. En realidad, antes que nada, es el olor nauseabundo lo que me obliga a girar la cabeza. Susana, sus ojos exageradamente dilatados, huele a cloaca. Meada de los pies a la cabeza, sesentona (o quizás sea su pelo blanco lo que la avejenta), está instalada en una silla con sus tres bultos y una manta que huele como ella.
Comienza a gritar. Aúlla, en verdad, cosas incomprensibles; parece poseída. Al principio, todos la observan. Al cabo de unos minutos, es parte del ruido de fondo.
Cuando parece que está por darse por vencida, se le acerca un policía. Trata de explicarle que la van a llevar al hospital. No logra terminar la frase.
-¡¡¡Al hospital nooo!!!
No deja que la toquen. Patalea. Llora (sin lágrimas).
-¡¡¡Cornudos, no estoy enferma!!! Sólo quiero ir al baño, ¿¿por qué no me dejan??
Se acercan otros dos policías y una mujer, una guardia de la estación.
-Tranquila Susana -dice la mujer.
No es la primera vez que Susana grita en Retiro.
-¿Viste? Te traje a tu amiga –trata de comprarla el primer policía.
Pero Susana no cede.
-El cornudo ese me quiere meter en el SAME. Ahí no voy… ¡¡¡¡No voy!!!!
Llega otro policía más. Susana cambia sus aires de lunática por un repentino, inesperado, gesto de cariño.
-Amigo, usted sabe que lo tengo en mi corazoncito. No deje que me lleven.
El policía es más viejo que los otros.
-Susana, le vamos a conseguir una silla de ruedas. La vamos a llevar a otro lado.
-Noooo, con el SAME nooo (otra vez su llanto seco). Cornudo, cornudo, son todos iguales.
Ya hay cinco policías. La rodean pero no le hablan ni la tocan; ni siquiera la miran. Esperan.
De vez en cuando, Susana los mira con furia, y grita “¡¡Adónde me va a llevar!! ¿¿Qué les hice.?? Yo no tengo adónde ir. ¡¡No tengo ni plata yo!!”
Luego, como una danza antigua, cuatro de los cinco se retiran; queda de nuevo solo el primero.
Susana lo mira.
-Ayer no me atendieron ahí. No hay baño en el hospital. Ni me limpiaron.
-¿Te dejaron tirada?
-Me dejaron tirada.
-¿Y hace cuánto que vivís acá?
Susana desconfía.
-¿A vos que te importa?
-Veo que todos te conocen acá. Se ve que te quieren.
-El cornudo me abandonó. Y en el hospital ni me limpiaron.
-Ahora te van a cuidar
Sólo los que están sentados cerca de ella (no tan cerca, el olor es insoportable) siguen la conversación, de puro aburrimiento.
Yo casi pierdo el colectivo: era como una película. Excepto durante los pocos segundos en que me lanzó una mirada suplicante y bajé los ojos. Mientras me acomodaba en mi butaca, rumbo a Córdoba, pensaba en Susana. Cuántas veces repetirá esa escena. ¿Vivirá un eterno dejavú?
Add comment Junio 2, 2009